Maridaje en Galicia

Maridaje de los vinos de Galicia. Sabores de mar y tierra

Galicia está entre el mar y la tierra, la costa y la montaña y ha sabido aprovechar toda esta ventaja a la hora de desarrollar su gastronomía.

Las lomas verdes del minifundio gallego crían ganado vacuno desde tiempos ancestrales. Los pastos frescos gallegos aportan a la ternera el sabor que nunca debió perder en otras partes.

Un chuletón de ternera de Galicia a la piedra sin más aliño que sal gorda, entona el cuerpo y lo dispone para la siesta, sobretodo si nos hemos hecho de una buena botella de tinto joven de la D.O. Monterrei o de la D.O. Valdeorras.

Vinos de santiago de compostela

Pero Galicia es tierra de vinos blancos, por lo que siempre podemos echar mano de otras Denominaciones de Origen a la hora de buscar un maridaje con vino tinto de crianza o reserva. Cierto es que hay «ribeiro tinto» no es un vino muy indicado para maridar carnes rojas y guisos potentes (aunque cada uno es muy dueño de maridar con lo que quiera.

El ribeiro va muy bien para alternar entre tapas en cualquiera de los muchos bares que nos dan cobijo en tierras gallegas, al abrigo de unas gambas o unos berberechos, pero no da para grandes maridajes.

Alrededor de la plaza de María Pita, en la capital coruñesa, nos encontramos con buenas tabernas donde alternar «marisco popular» y vinos gallegos. Allí, unos berberechos recién cocidos y un Monterrei blanco nos dan la vida.

Porque el maridaje natural de Galicia es el albariño (D.O. Rías Baixas), el marisco de las rías y el pescado de los fríos mares del norte. Una centolla rellena, unas vieiras gratinadas o al estilo de Compostela, un pulpo a feira o una caldeirada de pescado nos piden un albariño frutoso, suave y mineral con el que acompañarlos.

maridando en el camino de santiago

También la D.O. Ribeira Sacra consigue vinos muy afinados, capaces de maridar con casi todo el espectro gastronómico gallego. Sus vinos tintos, a base de Mencía son carnosos y frutales y nos vienen bien a la hora de hacernos con un plato de lacón con grelos, un bacalao al albariño o un pote gallego bien caliente.

Y para los postres nos quedamos con una tarta de Santiago sobre la que derramaremos un chorrito de «meus amores».

Jaime Garrido
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